viernes, 11 de marzo de 2011

Que suba el telón...

El público espera impaciente. Los murmullos se empiezan a hacer presentes. Un revuelo de conversaciones comienza a alzar la voz pero el telón sube.
El escenario está vacío. No hay nada. Ni objetos que sitúen el momento ni el lugar de la obra, ni actores, ni luces encendidas. El silencio y la confusión reinan en la sala. De repente, una actriz sale sin que nadie se de cuenta y se coloca en el centro del escenario. Un foco se enciende y alumbra su contorno. Un camisón blanco de seda cubre su cuerpo. Levanta la cabeza y mira al público. Les dedica una sonrisa y pausadamente pronuncia:

-Disfruten de la función...

La luz se apaga y la chica agacha la cabeza. Acto seguido sale fuera de escena. En su lugar sale mucha gente, toda ella reunida en una casa. Una familia. En el lado izquierdo del escenario hay una mesa con abundante comida y al otro lado varios sofás y asientos y una televisión en medio de todo. Aquella familia, feliz, celebraba como un cumpleaños, no se veía bien pero lo que cuenta es que todos eran felices. Esto me hizo recordar una vivencia pasada mía que se parecía mucho...
La función proseguía. Las actitudes y los sentimientos de los personajes iban cambiando. Personajes se iban y no volvían nunca, la familia se distanciaba... Los problemas empezaban a brotar. Las peleas y discursiones se hacían cada vez más presentes.
Yo cada vez me sentía más incómoda con la situación. Me agobiaba, me faltaba el aire. A mi al rededor la gente se lo pasaba bien, pero estaba tensa. Intenté olvidarme de eso y seguí atenta a la obra.
La actriz principal entra en una espiral de delirios sin sentido y no hace más que caer por un precipicio que no tiene fin. El precipicio de su vida. No hace más que caer. Grita, pero nadie la oye. Busca algo en lo que agarrarse, pero no hay nada. De pronto, todo se vuelve negro. Una luz de un mechero se enciende tímida en una esquina. La chica se levanta y observa dónde se encuentra, pero lo único que está con ella en esa habitación es una pistola tirada en el suelo. Entonces me levanté con lágrimas en los ojos y grité:
-¡Basta ya!¡No lo aguanto!
El teatro entero estaba mirándome. Yo, aún así, no dejé de mirar a la joven. Ella se agachó, cogió la pistola, se la puso sobre la sien y con una sonrisa y otra lágrima en la cara me susurró:
-Perdóname...
Y apretó el gatillo.
Se desplomó en el suelo, vacía por dentro. Yo me cubrí la boca con las manos. Finalmente las lágrimas cubrieron mi rostro y, desesperadamente salí de aquella sala lo más rápido que pude ya que capté el mensaje fácilmente.

Eso sí, cada uno, que obtenga su conclusión propia..

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